Testimonio #3

Lo único que recuerdo de mi infancia es a mi padre maltratando a mi madre. Tengo pocos recuerdos, pero los que tengo son peleas y discusiones muy fuertes. Entonces no me daba cuenta de las cosas, yo solo veía que mi padre me quería y que a mi madre le pegaba. Cuando tenía 9 años mis padres se separaron. Fue un periodo horrible en el que mi hermana pequeña y yo teníamos que ir todos los fines de semana a casa de mi padre, entonces, cocainómano. Recuerdo que, a raíz de la separación, empecé a sufrir un maltrato emocional muy fuerte de su padre. Siempre me decía cosas como: “qué pena que no te parezcas a mi y te parezcas a la puta de tu madre” o “Si hubieras salido a mi serías mucho más guapa”. A veces mi padre se presentaba en mi casa y pegaba patadas al coche de mi madre, incluso llegó a amenazarla de muerte. Finalmente, cuando tenía 11 años, mi padre me llamó por teléfono y me dijo que yo estaba muerta para él. Desde entonces me he culpado por el abandono. Mi padre me odiaba y yo me sentía culpable por ello.

Empecé a sentirme miserable, fea, horrible… Sentí que nadie me quería, ni siquiera mis padres. Para ese entonces mi carácter empezó a cambiar y mi madre solía decirme: “eres igual que tu padre”, lo cual no ayudaba a mejorar mi situación.

A los 12 años empecé un largo viaje en el que me acompañarían, hasta los 17, la depresión y la autolesión.

Sentía que mis amigas disfrutaban de una vida que yo no podría tener. Me sentía fatal conmigo misma, con mi cuerpo y mi forma de ser. Empecé a sentirme fatal con mi cuerpo y pesando cerca de los 47 kilos yo usaba una talla 42, ahora lo pienso y, pesando 10 kilos más que entonces, uso una 36. Imaginaos la situación. Me veía gorda, sentía que mi cuerpo era algo horrible, que nunca le gustaría a nadie. No salía de casa y cuando me daban ataques de ansiedad lo único que solucionaba mi problema era la comida. Me refugié en eso y más tarde, a los 15, en la autolesión.

Los chicos se metían conmigo en el instituto, me llamaban fea y anorexica. Llegó un punto en el que no sabía que hacer, me planteé el suicidio muchas veces. Decidí darle una oportunidad a la educadora social de mi instituto. Encontré en ella un apoyo muy grande, pero ella no podía ayudarme, necesitaba un psiquiatra y eso conllevó contarle todo a mi madre. Su reacción fue decir que yo era una mentirosa, que solo quería llamar la atención, que si tan mal estaba me fuera con mi padre a vivir, que allí estaría mejor.

Me diagnosticaron depresión pero no pude tomar las pastillas por la presión familiar. Me sentía débil, mi familia me decía que estaba loca. No podía continuar con esta situación. Así que mi depresión siguió. Seguí escuchando frases como “si sigues así no te va a querer ningún chico”, “si sigues comiendo así que sepas que vas a ponerte como una foca”, “estás demasiado delgada, a los chicos les gusta tener algo donde agarrar”.

A los 17 años, después de cinco años de depresión y de dos de autolesiones, descubrí el feminismo y toda mi vida se puso patas arriba. Me hice fuerte, dejé de hacerme daño, empecé a querer mi cuerpo y a cuidarlo. Mi mente cambió radicalmente. Me empoderó, me hizo darme cuenta de que el amor propio es lo más revolucionario que puede tener una mujer.

A día de hoy sigo teniendo secuelas y episodios depresivos pero desde aquí quiero decirle a las mujeres que estén en esta situación que no están solas, que no tienen que cumplir las expectativas de nadie, que no tienen que adelgazar por nadie, que no tienen que engordar por nadie. Que no tienen que cumplir con nadie más que con ellas mismas.

Aprovecho también para decir que un maltratador jamás será un buen padre, yo, personalmente, puedo decir que a mi él me arruinó mi infancia y mi adolescencia. Y yo me sentí culpable por ello durante muchos años, porque eso es lo que hacen los maltratadores, te manipulan y te hacen creer que la mala de la historia eres tú.

Solo me queda decir que os queráis, que os queráis mucho. Siempre.

Anónima

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