Isabel II, la reina ninfómana

Nos ponemos las gafas violetas para desmontar el mito de la ninfomanía de Isabel II.

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Retrato de Isabel II con la princesa de Asturias, Isabel, niña, de Franz Xavier Winterhalter (Palacio Real).

Hace pocos días tuve que escuchar a un hombre explicarme como Isabel II de España, monarca del siglo XIX, era, y cito textualmente lo que dijo, “una ninfómana, una verdadera ninfómana, pues se acostaba con muchos varones”. Nada más lejos de la realidad, la reina Isabel es conocida y pasa a la historia, entre otras cosas, por la cantidad de amantes que tuvo. No se caracterizaba por ser precisamente fiel a la institución del matrimonio. Aunque, si echamos un vistazo a su árbol genealógico podremos observar que la infidelidad es cuestión de familia.

Tanto los predecesores como sucesores de Isabel tienen historias, algunas ya confirmadas y otras por confirmar, sobre mujeres con las que yacían en relaciones extramatrimoniales. Sin ir más lejos, los últimos rumores acerca del actual rey emérito, Juan Carlos I, hablan de que se habría acostado con más de mil mujeres. Así lo ha enunciado un alto mando del ejército, Amadeo Martínez Inglés, quien afirma “Las más bellas vedettes y las más espectaculares representantes del alto standing femenino español y extranjero pasaron por su cama de forma más o menos temporal, aunque tampoco despreció a féminas mucho más modestas”. Otro conocido rumor es el que afirma que el hijo de la propia Isabel, Alfonso XII, habría tenido varios hijos ilegítimos. Alfonso XIII, el hijo de éste, también tendría su propia prole de infantes invisibles. El único que quizás no se sabe que tenga una vida sexual tan plena es el padre de Isabel, Fernando VII, cuyo problema de macrosomía genital (crecimiento anormal de los genitales) dificultaba las relaciones sexuales con las mujeres.

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Aunque queda claro que no es la única monarca con una activa vida sexual e infiel, destaca el hecho de que ha sido más criticada y reseñada que el resto de regentes hombres.  De hecho, no son pocas las ocasiones en las que se han achacado los males que acaecían la España de mediados del siglo XIX a las muchas historias de cama de la soberana. Además, expertos en materia histórica, como Eduardo Fayanas Escuer (en su artículo La reina ninfómana, Isabel II de España), se han referido a ella en innumerables ocasiones como la reina ninfómana, un término que, aplicado a este caso considero del todo erróneo y fruto del sistema patriarcal en que se encuentra sumida la sociedad.

¿QUÉ ES SER NINFÓMANA?

En un artículo para el diario 20 minutos, la sexóloga Pilar Cristóbal, afirma que, a principios de este siglo, la palabra ninfómana se aplicaba a las mujeres que “o bien se masturbaban o sentían más deseo sexual que sus maridos”. También sostiene que en la actualidad el término se emplea para nombrar el trastorno que implica la adicción al sexo sufrido por mujeres y que tiene su paralelismo en hombres (satiriasis).

El segundo uso estaría referido a un trastorno de la conducta sexual que afecta a personas con independencia de su género y que se caracteriza por una conducta sexual excesiva, y por un pensamiento continuo y obsesivo entorno al sexo, además de por la insatisfacción tras la realización de la práctica sexual y la frustración que deviene de ello. El primero expresa claras connotaciones sociales relacionadas con los roles sexuales que se imponen a mujeres y a hombres.  Cosa que podemos deducir, en primer

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lugar, del hecho de que no plantee un paralelismo en el género opuesto y, en segundo lugar, de que la propia definición aclara que una mujer ninfómana es aquella que siente mayor deseo sexual que su pareja, algo que habla de cómo la sociedad concibe el papel que juegan hombres y mujeres en el sexo.

Aunque Pilar Cristóbal confirma que la primera acepción ya no es utilizada, lo cierto es que un paseo por algunos de los foros más populares de la comunidad hispanohablante (como forocoches o YahooRespuestas) confirman que una importante parte de la sociedad sigue pensando en ninfómana según esta descripción.

ROLES SEXUALES DE AMBOS GÉNEROS

Los roles sexuales están estrechamente ligados a los roles sociales que se imponen a los géneros. Así, el hombre ha de ser agresivo, ambicioso, analítico y asertivo, competitivo, individualista y dominante. Una persona con autoconfianza y capaz de asumir cualquier riesgo por disparatado que sea. El hombre es, por tanto, un ser poderoso y dominante. Por su parte, la mujer tiene que ser femenina, compasiva, maternal, dulce, crédula, tierna y comprensiva, simpática y, a la vez, ardiente, capaz de satisfacer los deseos de su pareja. Se le asigna el rol de sumisa.

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Cuando hablamos de sexo, el hombre, haciendo gala de su poder, es el que debe iniciar toda interacción e inmediatamente tomar el control de la misma, pues de lo contrario, si fuese la mujer la que domina la práctica acabaría con la autoridad del hombre produciéndose un hecho inmoral, pues no casa con el rol que se le asigna. Es el hombre el que tiene deseo sexual, deseo de poseer y de dominar, mientras que la mujer sólo tiene interés en satisfacer a su pareja, en ser sumisa para él. Por tanto, lo socialmente aceptado es que el hombre sea beneficiario del placer sexual y biológico, mientras que la mujer ha de contentarse con el gozo de haber complacido a su pareja. Estos roles fueron introducidos por la Iglesia durante la Edad Media y que aún imperan en la sociedad actual.

Cuando se produce una liberación de la sexualidad femenina y una mujer se da cuenta de lo sano y divertido que puede llegar a ser el sexo, la respuesta de la sociedad, sumida en el sistema de roles, es el rechazo. Se tacha de inmoral, de insano y se cataloga de enfermedad al hecho de que algunas mujeres disfruten del erotismo tanto como los hombres. Surge, entonces, el término ninfómana para referirse a mujeres cuya vida sexual es plena.

EL MITO DE LA NINFOMANÍA DE ISABEL II: EL ABUSO DE PODER

Todo el contexto mostrado hasta ahora, sirve para desmentir el hecho de que Isabel II fuese ninfómana. Era una mujer que disfrutaba de su sexualidad como cualquier hombre podía hacerlo, la diferencia radicaba en su género. Al ser mujer su rol no estaba diseñado para gozar de su sexualidad, a diferencia del resto de monarcas, aristócratas o personajes masculinos colindantes cuyos genitales parecen haber sido diseñados para el placer.

La teoría que vengo queriendo exponer es que Isabel II no era una ninfómana. Era una mujer que disfrutaba el sexo, que se empoderaba en la cama y tomaba el control y la iniciativa en este tipo de relaciones. Elegía con quién se acostaba y cuándo y no le importaba si eran muchos o pocos los que conocían su cuerpo, eran siempre los que ella quería.

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No considero que la historia de Isabel II sea la de una adicta al sexo, sino la de una adicta al poder. El poder económico, político y social que le otorgaba la corona y que provocaba que muchos hombres, interesados en mejorar su posición o situación, se acercasen a ella. O que ella abusando de su poder los coaccionara para poder llevárselos a la cama. Un poder que, según lo exigido a la sociedad, ha de pertenecer siempre a los hombres, que hacen un uso desmedido del mismo en muchas ocasiones. Sin embargo, parece que una mujer poderosa es una amenaza al status quo. Por ello, se la desvirtúa y deslegitima afirmando que padecen un trastorno mental que las mengua.

Esta teoría puede confirmarse si se tiene en cuenta una afirmación que la reina le hace a Benito Pérez Galdón en una entrevista,, una vez exiliada tras ser expulsada del país: “¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los catorce años, sin ningún freo a mi voluntad, con  todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que se doblaban como cañas, ni oyendo más voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo? Póngase en mi caso…”

Palabras con que Isabel II confiesa que el poder sobre sus manos era tal que prácticamente le resultaba imposible no abusar de él.

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