Testimonio #18

Siempre he amado ser “femenina”, me encanta hallar belleza en lo delicado, ser minuciosa y que se me permita expresar mis emociones libremente. Amo mi identidad. Entre tantas otras cosas, soy mujer. ¿Cómo lo supe? Escondí los atributos de mi cuerpo a los trece años, cuando un niño me restregó condones en la cara y se rió de mi pequeño sujetador porque, según los profesores, “yo le gustaba”. Vi que tenía que proteger mi cuerpo a los dieciocho, en el momento en que un hombre en una furgoneta quiso llevarme consigo… que cualquiera podía ocupar el lugar de ese hombre, al contarme mi primo sus fantasías sexuales con mi cuerpo. Mi cuerpo, mi cuerpo, mi cuerpo… Ser mujer era un motivo de riesgo, y mis padres me empezaron a prohibir volver sola a casa, por miedo a que no volviera.  Como aislarme siempre ha sido mi manera de enfrentarme a la vida, no me molestó.

Sin embargo, ser mujer también tiene sus obligaciones propias. Sentí que hacía mal mi papel cuando las otras chicas juzgaban mi aspecto -incluso estando en el peor de mis días-; el sexo no solía ser algo de dos, cuando mis parejas competían con sus amigos para ver quién tenía más; lidiaba con el daño que otros me hacían, porque creí que así sería comprensiva. Luego, empezaría a ponerme una máscara de agresividad.

Hace una semana empecé a quejarme de las que luchaban contra estas situaciones en mi nombre, y me vi diciendo lo mismo que aquellos chicos que me acosaron hace un tiempo. Me destrozó, y por eso os escribo hoy.

Cada dos por tres, dejo mis sueños aparcados por mis inseguridades. No me ha afectado nunca ser del “sexo débil”, por el hecho de que nunca me vi algo diferente a débil. Como paralelismo, llevo dos meses haciendo musculación tras haber fallado en uno de mis proyectos de vida. Siempre creí que era una actividad que atentaría contra mi feminidad, pero no hay nada que focalice mejor mi rabia ahora mismo. La fuerza, la resiliencia y la autonomía, son esos conceptos de “lo masculino” que le faltaban a mi etiqueta de mujer.

Anónima

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