Mutilación genital femenina: el horror de ser mujer

Bajo el concepto de violencia cultural se agrupan todas las costumbres, ideas, tradiciones y normas de un pueblo que de alguna forma justifiquen la violencia contra personas de su propia comunidad o pertenecientes a otras. Un ejemplo de este concepto, es el tema que venimos a tratar hoy: la denominada mutilación genital femenina.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la mutilación genital femenina “comprende todos los procedimientos consistentes en una operación quirúrgica que extirpe parcial o totalmente cualquier parte de los genitales externos femeninos, del cuerpo de la niña o mujer, así como otro tipo de lesiones a los órganos genitales femeninos por motivos no médicos”. Existen diferentes tipos, o grados, de mutilación, los cuales, son divididos por la OMS en:

Clitoridectomia. Es decir, la extirpación parcial o total del clítoris, y solo en casos muy poco frecuentes cortar únicamente el prepucio o pliegue de piel que lo rodea.Excisión. Además de la clitoridectomia, se cortan y quitan los labios menores, que son los pliegues de piel internos de la vulva, y, en ocasiones, los labios mayores o exteriores.

Infibulación. Consiste en estrechar la abertura de la vagina a base de cortar y coser los labios menores y mayores, dejando, exclusivamente, un pequeño orificio por el que pueda expulsarse la orina y el liquido menstrual. Este procedimiento a veces lleva aparejado el que se realice también la clitoridectomia.

El cuarto tipo o grado de mutilación sería que, junto al resto de prácticas nombradas, se realicen raspados del orificio vaginal, introducción de sustancias corrosivas en el interior de la vagina, perforaciones, etc.

Nos hayamos ante una circunstancia que se produce a nivel mundial y para la que todos los países del mundo deben estar informados; preparados tanto en recursos sanitarios y educativos, como legislativos; y formados en materia de género.

Este último aspecto tiene especial relevancia, ya que nos encontramos ante un tipo de violencia ejercida solamente hacia el sexo femenino. Los datos publicados por la OMS indican que más de 200 millones de mujeres y niñas vivas actualmente han sido sometidas a la mutilación de sus genitales. Además, cada año son casi 3 millones de niñas entre el periodo de lactancia y los 15 años las que corren el peligro de sufrir esta práctica.

Hablamos de violencia cultural y de género, ya que los pilares que sostienen esta tradición son, por una parte, psicosexuales. “Es decir, el querer eliminar el deseo y el placer sexual que sienta la mujer, por ser algo impuro y de esta forma, se busca garantizar que las mujeres lleguen vírgenes al matrimonio y no sean luego infieles a sus maridos. Y, por otra parte, sociológicos, pues se considera que la mujer no mutilada es inferior, de manera que hay una gran presión social porque sea realice este procedimiento, o la mujer no conseguirá marido; será rechazada por la comunidad o asesinada. En aquellas comunidades donde se lleva a cabo la mutilación en edad adolescente, se entiende como un rito de iniciación a la edad adulta.

Esto desemboca en que aunque haya muchas madres que no deseen ese dolor y trauma para sus hijas terminen permitiéndolo para evitar el repudio social. Es una tradición transmitida de generación en generación y que no trae ningún beneficio para la salud de la mujer sino todo lo contrario.

A corto plazo puede haber complicaciones, tales como hemorragias, inflamaciones, fiebre, infecciones, dolores intensos, ansiedad, terror, shock séptico (respuesta inflamatoria severa ante una infección que lleva al colapso cardiovascular y microcirculatorio), así como la muerte.

Mientras que a largo plazo las consecuencias son, por un lado, físicas. Ya que se pueden dar infecciones del tracto urinario, que hagan el ir al baño doloroso, incontinencia urinaria o fecal, quistes, malas cicatrizaciones, menstruación dolorosa y complicada porque la sangre no pueda salir correctamente al exterior, así como enfermedades de transmisión sexual. Y, por otro lado, psicológicas, tales como depresión, ansiedad, estrés postraumático, etc. Sobre todo, cuando se realiza a corta edad, esta experiencia es vivida como un trauma, en el que muchas niñas vivieron lo mismo que la feminista egipcia Nawal El Saadawi cuenta en sus memorias.

Recordé aquella noche en la que, con 6 años, me sacaron de la cama, me llevaron al lavabo, me abrieron los muslos al máximo, y con una cuchilla me cortaron un trozo de carne.” Entrevista de Núria Marrón, El Periódico

A esto hay que añadirle numerosos problemas sexuales y durante el parto. Muchas mujeres terminan rechazando el mantener relaciones sexuales, tanto por el miedo psicológico como por el daño que les provoca. Las mujeres que han sufrido la infibulación, una vez que se han casado, deben pasar por el proceso de desinfibulación para poder mantener relaciones sexuales. Sin embargo, no todas son descosidas, lo que conlleva un gran dolor durante el coito, así como desgarros. A otras muchas de ellas se les vuelve a coser una vez que se han quedado embarazadas y solo se vuelve a abrir la vagina en el momento de dar a luz.

Esta cantidad de operaciones causa un fuerte deterioro del órgano femenino, haciendo que cualquier actividad que tenga que realizar sea dolorosa, y haya problemas como el vaginismo: la contracción involuntaria del suelo pélvico lo que produce que la vagina se cierre por completo y sea imposible, no solo la penetración del pene por parte del hombre, sino incluso la introducción de un tampón o que sean más complicadas las exploraciones en las consultas de ginecología.

Por suerte, cada vez son más las mujeres que han logrado terminar con esta tradición impidiendo que se mutile a sus hijas. Gracias a su fuerza; a que han contado su historia, como las mujeres del documental BREF; a que han informado a su entorno y se han enfrentado a esa violencia cultural son muchas las niñas que crecen pudiendo disfrutar de su adolescencia, su sexualidad y su cuerpo.

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