Nadia Murad: ganadora del Nobel de la Paz por su lucha contra el Estado Islámico

En esta semana especial dedicada a los Premios Nobel hemos querido hacer hincapié en que apenas unas cincuenta mujeres han sido galardonadas desde que en 1901 se hizo la primera entrega de premios. Hace unos días hablamos de Donna Strickland, la ganadora del premio Nobel de Física 2018. Hoy os presentamos a Nadia Murad, la segunda de las tres mujeres protagonistas de la gala de este año y a quien se le ha concedido el premio Nobel de la Paz.

Nadia Murad nació en 1993 en Kojo, una aldea al norte de Irak, rodeada por las montañas de Sinjar, cerca de Mosul, la tercera ciudad más grande, después de Bagdad y Basora, y próxima a la frontera con Siria y Turquía. Tanto la aldea natal de Murad como la ya nombrada ciudad de Mosul, pertenecen a Nínive, uno de los 18 distritos de los que se compone Irak y en el que predomina el Yazidismo, una religión pre-islámica cuyo origen es tan remoto que tiene influencias mesopotámicas y persas. La comunidad yazidí es una de las más masacradas por el grupo terrorista del Estado Islámico debido a que se les considera infieles. Es por esto que Nadia Murad un día fue secuestrada, maltratada, vendida y violada por miembros del Estados Islámico.

Nadia Murad vivía junto a su madre y sus doce hermanas y hermanos en una humilde casa construida de barro pero que tenía un patio lo suficientemente grande como para salir a jugar y criar a diversos animales que garantizasen su alimentación y abastecimiento. Acudía a la escuela y su asignatura favorita era la de Historia. Su padre había fallecido cuando ella era pequeña, el hermano más mayor de todos era quien adoptaba el rol parental en la familia y, nunca lo había vivido, pero en su infancia le habían hablado sobre los ataques que por parte de grupos extremistas musulmanes había sufrido su pueblo.

No fue hasta agosto de 2014, cuando a sus escasos 20 años vio como su pueblo se llenaba de paramilitares del Estado Islámico, congregaban a todos los ciudadanos en la escuela, separando a hombres y mujeres, enviando a estas al segundo piso.

Nadia Murad vio cómo a todos los hombres se les gritaba que serían perdonados si se convertían al Islam y cómo eran fusilados o degollados si se negaban. A los niños se les pedía que levantasen los brazos, si tenían vello en las axilas se les instaba de la misma forma y si rechazaban el Islam tendrían el mismo final que los adultos. Mientras que a los más pequeños se les llevaba para formarlos y reeducarlos. Cuando los paramilitares terminaron con los hombres subieron a por las mujeres. Nadia pensaba que las matarían de la misma forma, pero, tal y cómo ella pensaría después, no tuvieron esa suerte. Las mujeres más ancianas fueron fusiladas y lanzadas a una fosa común y las chicas más “atractivas”, aunque fueran niñas de 9 años, fueron trasladas en autobús hasta Mosul, ciudad que había sido tomada unos meses antes por el Estado Islámico, donde todas correrían el mismo destino, ser vendidas como esclavas sexuales.

Después de pasar por unos diez dueños en tres meses, gracias al despiste del último de ellos pudo escapar. Corrió por el barrio en el que se encontraba buscando ayuda hasta que halló una casa en la que la ayudaron debido a que aquella familia no simpatizaba con el Estado Islámico. Le ayudaron a conseguir un pasaporte falso con el que poder llegar al campo de refugiados de Turquía en donde fue seleccionada para ser trasladada a Alemania.

Hoy tiene 25 años y, aunque son pocos, ella se siente más vieja. En aquellos tres meses su cuerpo, sus manos, su pelo, su psicología, etc. todo cambió fruto del maltratado, las vejaciones y las violaciones continuadas. A veces un hombre solo pasaba con ella unas horas o un día y volvía a ser vendida, con otros permaneció más tiempo, viviendo en sus casas con las esposas e hijas.

En 2015, a los pocos meses de estar ya asentada en Alemania contó de forma anónima su historia a algunos medios de comunicación, sin enseñar su rostro, pero un día se dio cuenta de que eran miles de mujeres las que habían pasado por su misma experiencia y el mundo desconocía por completo lo que a ella y al resto de ciudadanos de su aldea les habían hecho, así que decidió alzar la voz.

Nadia empezó a recorrer medios de comunicación, embajadas y a dar ruedas de prensa sacando fuerza cada día para repetir una y otra vez su historia y la del pueblo yazidí. En septiembre de 2016 creó Iniciativa Nadia, una organización que busca luchar contra el genocidio cometido por el Estado Islámico. Gracias a su esfuerzo, organismos, como el Parlamento Europeo, el Congreso de los Estados Unidos y el Parlamento de Reino Unido, Escocia y Francia, entre otros, han admitido el genocidio de los yazidís y se han comprometido a frenarlo. Lo que desembocó en que el 21 de septiembre de 2017, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobase la Resolución 2379. En esta se establecía un equipo de investigación para estudiar los crímenes de guerra que se hubieran cometido y se cometiesen en Iraq, sobre todo, en relación a la comunidad yazidí y la trata de personas. Además, se instaba a todos los países a que colaborasen con el Gobierno iraquí en materia judicial, para fortalecer los tribunales y llevar a cabo las medidas que se adoptasen a raíz de las investigaciones llevadas a cabo.

Todo esto fue posible gracias, también, a la organización global Yazda que desde 2014 se fundó con el objetivo de apoyar a la minoría étnico-religiosa yazidí y “crear conciencia sobre los problemas de derechos humanos, descubrir los crímenes del Estado Islámico, buscar el reconocimiento del Genocidio Yazidí por parte de los parlamentos y gobiernos, apoyar a Nadia Murad y otros supervivientes para que transmitan sus mensajes, documentar la evidencia del genocidio y responsabilizar a los perpetradores, estableciendo un futuro seguro para los yazidís”.

Nadia Murad fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad para la Dignidad de los Supervivientes de la Trata de Personas de las Naciones Unidas en septiembre de 2016; recibió el premio Vaclav Havel de Derechos Humanos concedido por el Consejo de Europa en octubre de este mismo año; y en este mismo mes obtuvo el premio Sájarov concedido por el Parlamento Europeo por la defensa de las libertades humanas.

Es ahora en 2018, cuando ha sido reconocida su labor y sus esfuerzos con el premio Nobel de la Paz, junto al ginecólogo congoleño, Denis Mukwege. Esto supone un paso más en la visibilización de las crueldades cometidas por el Estado Islámico contra los yazidís y las mujeres, en concreto.

Nadia Murad declaró esta semana en Washington:

“Muchos yazidís mirarán este galardón y pensarán en los familiares que han perdido y en las miles de mujeres y niños que permanecen en cautiverio (…) personalmente, pienso en mi madre (…) Mi supervivencia se basa en defender los derechos de las comunidades perseguidas y a las víctimas de violencia sexual. Un solo premio y una sola persona no pueden lograrlo. Necesitamos una respuesta internacional (…) Debemos trabajar juntos con determinación para demostrar que las campañas genocidas no solamente fracasarán, sino que además supondrán la rendición de cuentas de sus perpetradores y que también habrá justicia para los supervivientes”. Fuente: El País

Nadia Murad espera con ganas el día en el que pueda llevar una vida normal y pueda dejar de ser activista, porque ese día los horrores habrán terminado, pero mientras esa no sea la realidad piensa seguir contando su experiencia y aunque algún día ella ya no tenga voz que alzar, su libro, The Last Girl: My Story of Captivity, and My Fight Against the Islamic State, perdurará clamando por la justicia.

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