Testimonio #7

Buenas noches, para empezar este me parece un espacio maravilloso. Gracias por crearlo. Dejo aquí una cosa que escribí este verano.

Yo desde hace unos años sufro de tensión baja. Soy hipotensa perdida, de esas que de repente se te desmaya en cualquier sitio. Anoche, para variar, me dio una de esas bajadas tan maravillosas y rutinarias en mi vida. Mi madre ya se sabe el proceso de memoria y la pobre se sigue preocupando tanto como el primer día. Siempre que me dan estas bajadas me da café/te y una barrita de azúcar. Resulta que yo, que ya llevaba unas semanas dándole vueltas al tema – en verano me es imposible no hacerlo – al recibir esa barrita, en contra de todo lo que se esperaba de mí, decidí tirarla a la basura. ¿La razón? Eran más de las 00:00, esa barrita seguro que me iba a engordar un montón. Y ese simple acto, estuvo dando vueltas en mi toda la noche – en cuanto me recupere, está claro -.

Puedo afirmar, sin mucho orgullo, que he sufrido TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria). Diría, sin ir demasiado lejos, que la mayoría de las chicas lo hemos hecho. Es cierto que a veces no me siento la feminista correcta por seguir a veces recayendo en esto, pero intento analizar y recuperarme de esta mentalidad.

Mi primer trastorno lo sufrí con 16 años, veréis, entonces tenía algo de sobrepeso y sentía que no encajaba en la sociedad. Me sentía fea, fuera de lugar. Sin embargo, como cualquier niña las dietas que hacía me duraban una media de 3 días.

Un día hablando con una amiga me dijo que ella había encontrado otra forma de perder peso, vomitando. Yo entonces no entendía nada de eso y repudiaba la simple idea de hacerlo. Pero vi que en efecto, sí que había bajado de peso y se la veía genial. A mí, en cambio, no. Decidí al menos informarme de eso y empecé a meterme a foros de Ana y Mía, eran mitiquísimos en mi época. Te daban consejos para evitar comer o hacer que comes. Me decían que debía comer a base de hielos y así me llenaría. Que debía beber en un vaso opaco para así esconder ahí la comida que hacía que me comía. Yo decidí entonces probarlo. Al principio me resultó muy extraño pero finalmente, al cabo de un tiempo, conseguí encontrarle el tranquillo. Tanto que mi amiga, la cual había estado en el proceso – nos dábamos ánimos para seguir hacia delante – dejó de hacerlo y decidí seguir por mi cuenta.

Me tire un mes y medio comiendo una manzana cada dos dias y nada más. El truco era en el colegio esconderme en cualquier parte a la hora de comer y al llegar a casa subirme la cena a mi cuarto y tirarlo en el baño. Los fines de semana la jugada se me hacía más difícil, así que comía y acto seguido subía al baño media hora a vomitarlo en silencio. La verdad, surgió efecto, sin darme cuenta había perdido 15 kilos. Todo el mundo decía que me veía genial y estupenda. Y yo no podía estar más feliz.

Aprendí mentalmente a saber las kcal de cada alimento -costumbre que sigo manteniendo mentalmente a día de hoy- y a encontrar las formas de quitar la alimentación de mi vida. En clase de gimnasia tenía que sentarme a los 10 minutos porque mi energía en el día era la suficiente para mantenerme de pie y los planes con mis amigas empezaron a ser cada vez menos porque todos incluían comer.

Los profesores en mi colegio llamaron a mi madre en esa época para avisarles de que estaban preocupados y fue entonces cuando volví a comer a la fuerza.

Unos meses más tarde, en verano, me pasaba el día fuera, y mi cabeza como siempre, después de haber ganado 3 kilos, seguía obsesionado con mi imaginario sobrepeso. Esa vez decidí tomar la dieta del granizado, consistía en tomarme un granizado todos los días y nada más. Bien, baje 5 kilos. Estaba cerca de mi meta pero aún así insatisfecha con mi cuerpo, cada vez más.

Este tipo de actitudes fueron recayendo cada ciertos meses, lo dejaba cuando decía que me quería como era y podía superarlo y volvía a caer cuando veía que no era cierto.  Recuerdo que hasta amigas que sabían de mi problema creían que exageraba porque yo les decía tan tranquila que llevaba 3 días sin comer y que tenía un problema y me daba igual y me contestaban que si ya lo sabia entonces lo decía  por llamar la atención. Como que mi problema al saberlo ya no tendría que existir. Bastante simplista para lo que realmente me sucedía. A veces somos conscientes de nuestros problemas pero no somos capaces de salir de ese círculo de mierda. Esto último como friendly reminder para todo.

Una de las veces más icónicas de recaída fue cuando salía con mi ex. Me enteré de que me puso los cuernos, varias veces, y que estaba con otra chica a escondidas. Recuerdo ver a esa chica y analizar qué podía tener ella, que yo no para complacerle a él y entonces lo vi: era más delgada que yo. Porque así somos, si nos ponen los cuernos, nos echamos la culpa a nosotras mismas. Y con todo decidí perdonarle porque asumí que era normal, que era mi culpa por no ser más guapa y delgada y que me lo iba a currar para que fuera una novia digna de él. Adelgace sí, pero él no dejó de ponerme los cuernos.

Desde entonces, a día de hoy, sigo manteniendo actitudes de lo que un día me diagnosticó un médico como «anorexia nerviosa». Todo se aumenta en verano. Me doy cuenta de que mi cuerpo no es suficiente, me avergüenzo y me obligo a dejar de comer. «Después de las 3 de la tarde tienes que dejar de comer pero a la vez reafirma que te quieres, haciéndote fotos para reafirmar que en verdad no estás tan mal, cuando ni tú misma te lo crees. Haz ver a todo el mundo que comes, nadie puede creer que te pueda pasar nada raro a ti porque nadie quiere a las raritas».

Y así, siempre. Hay meses en los que me olvido completamente y sorpresa: engordo. Engordo porque me gusta comer porque me olvido de obsesionarme y pienso que 6 kilos más tampoco me hacen horrible. Y esos meses os prometo que en el proceso estoy feliz. Pero después llega la fase de verme y saber que no, que estoy gorda y que no puedo salir  así a la calle. Que probarme la ropa que antes me encantaba, ahora me da ansiedad al pensar en ponérmela porque ya no me quede igual. Pensar en que tengo que quemar cada una de las kcal que consumo si hace falta corriendo 20 km.

Y todo esto, no solo lo digo para desahogarme. Lo digo porque soy consciente de mi problema. Soy totalmente sincera con lo que me sucede e intento evitar, y creo que muchas, muchísimas estáis igual. Y por eso mismo, os animo a que os lo reconozcáis, que podáis decir que sí, que tenéis un problema pero que – por desgracia – es NORMAL. No estáis solas.

Es culpa de esta sociedad y tú no eres más que una víctima. Dilo, puedes hablar de tu problema, puedes buscar ayudar. Puedes superarlo. Si algo he aprendido es que todas las mujeres somos super valientes -solo vivir en esta sociedad ya nos hace campeonas- y que podemos salir de todo. Por eso, saca tu problema a la luz, reflexiona y mejora por ti misma durante el tiempo que sea necesario. No puedes cambiarte en un mes, yo personalmente llevo años en esta lucha, así que no te agobies. Y recuerda: estás PERFECTA tal y como estás. No necesitas ser nada más que feliz siendo tu misma.  Y a los demás, si algún día os topáis con una chica que parece muy segura de sí misma, no la cuestionéis. No tenéis ni idea de las batallas interiores que a lo mejor está llevando a cabo para parecerlo.

Os quiero a todas.

Anónima

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