Espacio seguro

Testimonio #10

Cuando tenía 11 años, cada día, tenía que caminar hasta el colegio desde mi casa. Uno de esos días, un hombre comenzó a seguirme. Yo usaba uniforme: falda con tirantes 6 o 7 dedos por encima de la rodilla y una camisa blanca. No recuerdo la cara del hombre ni cómo era, pero esa fue la primera vez que experimenté acoso callejero y hace poco lo recordé, así que supongo que lo tenía cerrado con llave en algún rincón de mi mente.

La primera vez, me sorprendió porque caminó a mi lado y me preguntó si iba a la escuela y yo le respondí que sí. Luego me dijo que si me gustaban los caramelos y también le contesté que sí. Ahí, me dejó en paz y seguí mi camino sin darle mucha importancia. Los siguientes días comenzaron a ser iguales y sólo me lo encontraba cuando iba de camino al colegio, nunca a la vuelta, y seguía preguntándome cosas:

– “¿Quieres un dolar? Así, te puedes comprar caramelos”.
– “Vamos, mira”, ahí abría la mano y me enseñaba la moneda, “aquí lo tengo. Toma, yo te lo doy.” Y yo seguía ignorándole.

En los últimos días fue a más y me señalaba la puerta que daba a un solar, por el que yo pasaba siempre en mi camino.

– “Mira, entremos ahí y te lo doy, vamos.” E intentaba agarrarme de la mano pero yo caminaba más rápido y le ignoraba hasta que me dejaba de seguir.

Recordando esto, el sentimiento que me viene a la mente es el de sentirme como una prostituta con sólo 11 años sin quererlo y la incomodidad que no me dejaba dormir por miedo a encontrármelo de nuevo. Después de haberme dicho aquello último, cambie de ruta por un camino un poco más largo, ya que el otro por el que iba era un simple atajo. Siempre miraba por encima del hombro por si tenía que echarme a correr al verlo. En ese camino casi siempre me encontraba a mis amigas del colegio y me sentía más segura. Recuerdo que no se lo conté hasta semanas más tarde y a mis padres jamás les dije ni una palabra por miedo. ¿A qué? No lo sé, pero tienes que ser un miserable asqueroso para hacer sentir así a una niña de 11 años acosándola por semanas en la calle.

Hablad y no os quedéis calladas. Esto le puede pasar a cualquiera de nosotras y nunca jamás os sintáis culpables de algo que no está en vuestras manos.

Anita

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