La copa menstrual, una gran aliada muy desconocida

Hasta el siglo XIX, muchas mujeres no utilizaban ningún producto o prenda para impedir que un reguero de sangre bajase por sus piernas cuando tenían la regla, es lo que hoy en día se conoce como método del sangrado libre, aunque por aquel entonces era lo habitual. Sin embargo, desde hace siglos se han empleado materiales naturales absorbentes para crear tampones y compresas que lo evitasen, como por ejemplo: hojas de papiro en el Antiguo Egipto; algodón o lana en la cultura romana; esponjas marinas en Grecia; trozos de tela plegados o simplemente ropa negra que ocultase las manchas. Sería ya en el siglo XX cuando se empezarían a comercializar en masa y a fabricar de manera sintética tampones y compresas que además eran de usar y tirar, no como los anteriores métodos nombrados que solían ser reutilizables. A pesar de ser un producto de primera necesidad en numerosos países es difícil acceder a ellos y por ejemplo en España se les sigue aplicando un IVA del 10% en vez del 4% que es el que se aplica a todos aquellos productos considerados de “primera necesidad”. Hagamos cuentas entonces: Pongamos de media que debemos cambiar los tampones cada seis horas. Esto equivale a 4 tampones por día. De manera que contando con que el ciclo promedio de las mujeres es de 5 días, necesitaremos por ciclo 20 tampones. Si las mujeres suelen tener la regla entre los 12 y los 52 años, eso significa que a lo largo de su vida tendrá 480 periodos. De manera que 20 tampones por ciclo multiplicado por 480 ciclos equivale a 9.600 tampones. Si en una caja de tampones suelen venir 24 unidades, necesitaremos unas 400 cajas. Si los precios ronda los 4€ (en España) gastaremos 1.600€. Ahora con las compresas. Pongamos de nuevo de media que la compresa se deba cambiar cada 6 horas. Necesitamos de nuevo 4 compresas al día durante 5 días, es decir 20 compresas por ciclo que multiplicado por los 480 que tendremos a lo largo de nuestra vida equivale de nuevo a 9.600 compresas. En este caso en los paquetes de compresas suelen venir 30 unidades, por lo que necesitaremos 320 cajas que multiplicado por el precio medio de 4€ son 1.280€. A primera vista puede parecer mucho o poco dinero dependiendo de la situación en la que cada persona se encuentre, pero si pensamos en que hay un producto con el que solo tendríamos que gasta unos 100€ en toda nuestra vida como personas menstruantes, seguro que las compresas y los tampones pasan a sonar tremendamente caros. Estamos hablando de la copa menstrual. La copa menstrual se trata de un recipiente que se coloca en el interior de la vagina y permite retener el flujo menstrual. Al igual que los tampones, la copa se introduce en la vagina pero no absorbe sino que los fluidos caen y se almacenan en el interior de esta. Su precio suele oscilar alrededor de los 25€ y pueden llegar a durar 10 años, por lo que efectivamente resulta mucho más barata que tampones y compresas. La copa menstrual no es de usar y tirar, sino que esta se vacía y habiéndola lavado correctamente se puede volver a insertar. Una vez que termina el ciclo, solo hay que esterilizarla para guardarla a la espera del siguiente mes. Esto supone múltiples ventajas, en primer lugar, para aquellas mujeres que tengan difícil acceso a zonas comerciales donde proveerse de tampones y compresas; en segundo lugar, al usar la copa dejamos de desechar gran cantidad de residuos que contaminan el planeta y, en tercer lugar, supone un gran ahorro económico. Además, el uso de la copa menstrual ayuda a evitar problemas de salud como la candidiasis (favorecida por el ambiente húmedo y de contacto permanente con fluidos que se da con el uso de compresas) o la cistitis (a cuya aparición ayuda la falta de transpiración que se da también al usar compresas). Además, al no absorber, la copa menstrual no afecta a los propios flujos o mucosas naturales necesarios para la salud vaginal. La primera copa menstrual fue patentada en 1867 por Hockert Catamenial Sack. Se puede observar lo rudimentario del sistema por aquel entonces y no sería hasta 1937 cuando Leona W. Chalmers patentó un prototipo de copa menstrual elaborada con caucho, muy similar ya a las que encontramos en la actualidad. Sin embargo, debido al tabú y a las discrepancias por parte de la sociedad de que la mujer introdujera algún elemento en sus partes íntimas, el invento no tuvo mucho éxito, además, se sentían rígidas y pesadas. Años después volverían al mercado fabricadas en látex y sería en la década de los 90’ cuando adquirió verdadera notoriedad en el mercado y más en la década de los 2000, cuando se empezaron a fabricar de silicona la cual no produce alergias como el látex y previene la aparición de bacterias. Barata, accesible, saludable y ecológica, pero falta por comentar lo más importante ¿Es cómoda y práctica? A diferencia de una compresa o un tampón, dependiendo siempre de nuestro flujo, lo normal es que pueda usarse durante 11 horas hasta tener que vaciarla. Se puede hacer deporte, moverse, bañarse y sudar sin ningún problema, que nada afectará a la copa. Si está bien colocada, al igual que ocurre con los tampones, no debería molestar y al igual que las compresas, si están en la posición adecuada, no debería haber derrames o manchas en nuestra ropa. Al estar introducida en la vagina no es visible como una compresa, y es todavía más invisible que un tampón al no haber ningún hilo sobresaliendo. No absorben ni desprenden olores. No se coloca tan al fondo como un tampón, por lo que es más fácil que no haya incomodidades. De hecho, una vez colocada suele hacer un leve efecto de vacío por lo que es difícil que se mueva de su posición. Así que mientras encontremos el tamaño de copa que mejor se nos adapte, no debería haber molestias ni pérdidas de flujo. Dependiendo de las marcas encontraremos diferentes tallas. Estas dependerán de si somos menores de 18 años o mayores de 30, si hemos mantenido o no relaciones sexuales, si hemos pasado o no por algún parto, etc. Si vamos a comprarla a una farmacia podremos leer en las cajas las condiciones y tipos de cuerpos que se adaptan mejor a cada tamaño y si las compramos por internet, encontraremos incluso tests que nos recomendarán qué copa debemos usar, como el ofrecido por LaCopaMenstrual.es. Insertarla, retirarla y limpiarla es sumamente fácil, como se puede ver en muchos video-tutoriales. Como escribe Karina Felitti del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género en su trabajo “Cíclica y la copa menstrual argentina: Historia, propuestas y desafíos del movimiento Maggacup”, cuando Leona Chalmers patentó su invento en la década de 1930, no podía imaginar que la copa serviría para que muchas mujeres recolecten su sangre menstrual e incluso rieguen sus plantas, hagan dibujos o preparen mascarillas faciales y tinturas curativas con ella. De manera que siendo un producto con tantas ventajas, solo cabe reflexionar sobre por qué a su vez es un producto tan desconocido del que no se ven anuncios en televisión como sí pasa con compresas y tampones o del que no nos informan cuando somos jóvenes. A este interrogante se puede contestar con dos posibles supuestos. Por una parte, muchas de las personas menstruantes a día de hoy siguen sintiendo desagrado hacia su propia sangre menstrual, fruto de la falta de educación sexual y la poca aceptación hacia nuestro cuerpo y su naturaleza. Y por otra parte, todas las barreras que empresas de tampones y compresas plantean a un producto tan duradero y económico como es la copa, que podría llegar a afectar severamente a su mercado. La copa menstrual implica conocer nuestro cuerpo, aceptarlo y cuidarlo, tanto a él como al medioambiente. Es un método accesible para las personas que viven en comunidades aisladas y un producto rentable y económico a largo plazo para las personas que viven en situaciones precarias. Es duradero, cómodo e higiénico, del que esperamos haya la suficiente información en las escuelas algún día y forme parte de nuestra vida y naturaleza. Dia Mundial de la Higiene Menstrual