Trans Cabaret, un espectáculo que dice adiós a las normas

IMG-20171020-WA0006Las luces del patio de butacas se apagaron y un único foco quedó iluminando el escenario. La melodía de clavicordio que hasta entonces había sonado dio paso a una música tenebrosa, comenzaba entonces el espectáculo. Comenzaba entonces el primer Trans Cabaret en Madrid. Esa noche se invocarían a las fuerzas transfeministas para alejar a los fantasmas de la psiquiatría y la transfobia que nos rodean y perturban, esta era la frase con la que la Plataforma del Octubre Trans invitaba a un aquelarre la pasada noche del 31 de octubre y pedían a los asistentes que “se dejaran los miedos en casa”.

A doscientos metros del metro de Lavapiés, subiendo por la calle Zurita, se encontraba el Teatro del Barrio, una cooperativa que había surgido para luchar por los derechos humanos a través de la cultura, la fiesta y todo tipo de arte. Aquella noche, el Teatro del Barrio cedería la sala 1 a la Plataforma del Octubre Trans para que seis artistas transexuales actuaran. Entre las ocho y las diez y media sería el momento de visibilizar la realidad de las personas transexuales y de denunciar las trabas que el sistema médico, la sociedad y las leyes ponen a su libertad. Todo ello a través de la música, el baile, la poesía y el humor.

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No había telón que se abriera, el escenario estaba a ras del suelo y simplemente desde las cortinas negras del fondo surgió una figura, era Viruta FTM, quien sería el moderador del espectáculo aquella noche. Se define a sí mismo como “cantautore AnarkoTransFeminista del Extrarradio de la Galaxia”. Vestido con una bata blanca, cual doctor, empezó a meter muñecos de bebés en uno de los dos huecos de una caja que se hallaba en el centro del escenario.

Así los iba clasificando como “niña” o “niño” y si había alguna duda con su sexo, hacía un “apaño” quirúrgico para así poder definir y etiquetar a aquel muñeco, aún pudiendo cometer un grave error. Esta es la realidad, desde el mismo día en que nacen, de las personas intersex, es decir, aquellas personas cuyos genitales no van en sintonía con su sexo, el cual se debería establecer en función de otros muchos factores genéticos, hormonales, etc. Viruta hacía esta pequeña introducción, sobre las personas intersex, para referirse a uno de los colores que conforman toda la gama de personas que pertenecen a la comunidad trans. Y mientras se cambiaba la bata blanca por un chaleco y chaqueta rojos daba al público la bienvenida a este espectáculo, y en concreto, daba paso al acto I, la actuación de Alicia Ramos.

alicia-ramos-destacada.jpgAlicia, cantautora, mujer transexual e icono dentro de esta comunidad, salía al escenario con la mayor de sus sonrisas. Entre cada sonrisa y cada movimiento que hacía para colocarse el flequillo, empezaba a contar al público, brevemente, el origen de las canciones que iba a cantar y resulta que lo que se juntaba en sus letras eran sencillos momentos de su vida y algunas reivindicaciones.

Por su melodioso acento y su gracia, mucha gente comentó y acertó al decir que era canaria, y es que, efectivamente, procede de Tenerife. La gente reía con las anécdotas que contaba y los comentarios que hacía, pero nada más empezar a cantar el público enmudeció y quedó totalmente cautivado por su voz. Cantó la canción Y las flores, la cual compuso para el documental biográfico sobre la activista LGTB Carla Antonelli, El viaje de Carla, dirigido por Fernando Olmeda. Alicia comentaba y bromeaba con que este documental había ganado muchos premios pero ninguno a la banda sonora (compuesta por ella), lo cual sorprendió al público, que tras escuchar esta canción aplaudió con todas sus fuerzas. Y tras esta canción vendría otra que emocionó mucho más, y que giraba en torno a la frase que un día en un bar dijo un amigo suyo: “eso es lo que esperan que hagamos.

Canción en Spotify: Y las flores

Al terminar, Alicia dio paso a la siguiente actuación. Jesse sería la próxima en actuar y cuando Alicia la conoció, Jesse tenía 7 años. Se conocieron en una UIG (Unidad de Identidad de Género), que es la unidad de algunos hospitales (no en todos hay), en la que se realizan las citas con psicólogos, endocrinos y otros profesionales médicos para que las personas transexuales inicien su proceso de tránsito. A pesar de las malas experiencias que se suelen dar en estos lugares, Alicia hablaba de que una vez le pasó una cosa buena en la UIG, y fue, precisamente, conocer a Jesse, quien con doce años, hoy salía a bailar con todo su valor y su fuerza a aquel escenario.

Sin embargo, antes de que empezase a actuar, se reprodujo una grabación en donde se podían escuchar las voces de muchos niños y niñas contando unos breves testimonios de su experiencia como transexuales:

“Hola, soy Pablo y tengo seis años y lo bueno de ser trans es que todos me quieren como soy”
“Hola soy Olivia, tengo 10 años. Ser transexual me ha permitido ser yo misma y una cosa bonita que me ha pasado, es que mis amigues del cole me hicieron cuentos para decirme que me querían”
“Hola, soy Jesse, tengo 12 años, soy transexual y para ti que dices que no existo, mira esto…”

Tras esto empezaría la música y al ritmo de varias canciones, Jesse bailó por todo el escenario ante la mirada de alegría del público que, emocionado por la fuerza y voluntad de alguien tan joven, aplaudía sin cesar. Ahora se entendía el que hubiese tantos niños entre el público, como Darío, un pequeño que desde la segunda fila y desde el inicio del espectáculo solo había preguntado cada pocos minutos, que cuándo salía Jesse, motivo por el cual le habían mandado callar varias veces. El público rebosaba de felicidad y aplaudió durante algunos minutos incluso cuando ya había terminado la actuación de Jesse.

Viruta volvía a salir al escenario, esta vez ataviado con botas, medias de rejilla, un body de tirantes, una máscara y unas orejas de conejo. Sonaba una música sugerente mientras él se movía y contorneaba por el escenario, cuando de repente sonó el tono de llamada de un teléfono. Viruta simuló entonces una conversación con su pareja “Norma” mintiéndola sobre dónde estaba y qué estaba haciendo. Con este acto, Viruta quería agradecer la existencia de todos los lugares en donde se podía practicar el crossdressing, también conocido como travestismo, es decir, la práctica de vestirse con ropa correspondiente al género opuesto. Y en concreto, con el chiste “no cariño, mi secretaria te ha dicho que estoy enfermo, no enfem”, Viruta hacía referencia a Enfemme uno de los locales más conocidos de Barcelona donde se da esta práctica.

Viruta decía que uno puede ser trans y travesti y mientras, se había bajado los tirantes del body dejando su torso al descubierto y totalmente visibles tanto sus tatuajes, como las cicatrices que se situaban donde antes estaban sus pechos. No comentó nada al respecto, no era necesario, esas cicatrices ya hablaban por sí solas.

Así que sin más dilación, presentó a Nayare, la tercera artista. Mujer trans, Nayare hacía perfopoesía, es decir, la mezcla entre la poesía y el performance. Con cada poema y cada palabra Nayare iba contando su historia, la de sus hermanas dentro de la comunidad trans y la de su familia. Recitó lo mucho que de pequeña deseaba los zapatos de leopardo de su madre, el vestido dorado que esta usaba en navidades y sobre todo bailar salsa moviendo todo su cuerpo sin restricciones. Habló de sus antepasados y su cultura peruana, y mandó un mensaje muy claro con las siguientes palabras:

“ (…) Y el blanco, el cis, el hetero dicen: nosotros les damos permiso, nosotros les cedemos espacio, nosotros les damos voz. ¿Qué me dais voz? ¿Qué nos dais voz? Siempre tuvimos voz, siempre estuvimos gritando por años, nunca callamos, nunca paramos, pero ustedes hacen mucho ruido, un ruido más valioso, más visible y más extendido. ¡Cállense, no den voz! ¡Cállense y escuchen! (…)”.

Entre los aplausos que los espectadores dedicaban a Nayare, salió Viruta otra vez. Ahora, de nuevo vestido con la bata blanca y un bigote semejante al de Hitler, acusó al público de tener a gente transexual infiltrada, y se decidió a desenmascararles. Para ello, junto con un “manual infalible”, fue haciendo preguntas a diversas personas del público, a las cuales terminó calificando de ser un “error” por no contestar lo que se correspondía con las respuestas propias de su género.

Con esta cómica interacción con el público, Viruta pretendía reflejar la realidad del llamado “test de la vida real”. Este consiste en una evaluación psicológica de las personas que pretenden iniciar un proceso de tránsito y en donde se realizan preguntar basadas en estereotipos, como: ¿de pequeña/o jugabas con camiones o con muñecas? ¿Te gustan los estampados de flores? ¿Te gustan los deportes? Numerosas asociaciones, como Feministas.org, han realizado protestas y elaborado un manifiesto denunciando este test.

Viruta resolvió su intervención mojando con una “pistola de hormonas” al público y presentando a la cuarta artista: Elsa Ruíz.

descarga.jpegElsa es humorista y realiza monólogos como el que presentaba hoy. En él contaba que ser chica trans en España es cuánto menos “interesante”. Desde la comparación entre los diagnósticos que deben realizarse en las UIG con las investigaciones de CSI, hasta su experiencia en las apps actuales para ligar, pasando por anécdotas con amigos, en bodas, etc.

Elsa iba entrelazando su historia personal con la política actual y con referencias al cine, a videojuegos, al arte, a la situación en Cataluña, etc. de manera muy aguda y sobre todo graciosa, a juzgar por las lágrimas de risa de los asistentes. Terminaba preguntando al público si les gustaba o no la pizza con piña y si les importaba que existiese la pizza con piña. Ella se definía como una pizza con piña, muy contenta con su piña y decía que el secreto de las pizzas no está en los ingredientes que lleven o no, sino en la masa.

alex01-300x200.jpgEl final del espectáculo se acercaba, por último cantaría Alejandro Bernáldez. Él es  guitarrista y cantó varias bulerías, e interpretó la canción de “Aquellas pequeñas cosas” de Serrat y “Sobreviviendo”  de Víctor Heredia. Y aunque le temblaba la voz y se distraía mirando al público, su nerviosismo no impidió que su voz llegase al corazón de cada espectador.

Así el aquelarre por fin comenzó. Las luces se atenuaron, la música lúgubre apareció de nuevo y como si de una de las pinturas negras de Goya se tratase, Viruta fue echando a un caldero diversos objetos que simbolizaban todos los obstáculos a los que tiene que enfrentarse la comunidad trans. La música se elevaba y el público se convertía en brujas y brujos dispuesto a lanzar un maleficio, cuando, de repente, el teléfono volvió a sonar. Era de nuevo aquella “Norma” que llamó antes, aquella norma social que encorseta a las personas, las cohíbe e impide ser ellas mismas. Pero esta vez Viruta ya no iba a mentir o a excusarse ante esa norma, ahora se despedía y definitivamente decía: adiós a las normas.

 

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