Claves para construirse como hombre antipatriarcal

En pleno siglo XXI, nos encontramos con dos vertientes sociales muy distintas, casi contrarias entre sí pero que se denominan con el mismo nombre: feminismo. Por un lado, crece con fuerza una ideología que dice defender a la mujer, pero que se alía con el capitalismo e ideologías de derechas. Es el mal llamado feminismo liberal. Y, por otro lado, un feminismo que, recogiendo la herencia de la ola feminista de los años 60, lucha por ser transversal. Gracias a las redes sociales, mujeres de todo el mundo se conectan entre sí y construyen una comunidad sorora.

Todavía hay muchas “feministas” que desprecian a las mujeres transexuales o no salen de su burbuja de clase alta y primer mundista. Sin embargo, cada vez más, voces feministas negras, transexuales, pobres, latinoamericanas, no binarias, musulmanas, etc. consiguen alzarse y ser escuchadas en el resto del mundo. A la vez que muchas feministas blancas ceden su megáfono y apoyan las luchas de estas compañeras sin paternalismos.

No obstante, la pregunta que de vez en cuando se plantea dentro del feminismo es ¿y los hombres? ¿Deben estar dentro del movimiento? ¿Pueden formar parte de él? ¿en alguna medida? Lo que tienen claro las feministas es que no se va a permitir que voces masculinas pretendan abanderarlo y protagonizarlo, pero no se puede negar que progresivamente, los hombres se han ido sumando a las reivindicaciones de sus compañeras.

Muchos hombres dicen estar “deconstruyéndose”, pero cómo llevan a cabo esta tarea. Cualquier chica que en pleno 2019 haya comenzado a ser consciente de que todo lo que se considera que es “ser mujer” es, al fin y al cabo, una construcción social y quiera aprender sobre ello y romper sus cadenas, tiene más de cien años de historia de feminismo a los que recurrir.

No obstante, la pregunta es si un hombre quiere conocer su lugar en el mundo y encontrar las herramientas, el lenguaje y los referentes que le permitan hacer esas reflexiones sobre sí mismo y su entorno… ¿a dónde acude? Son muchos los que empiezan a leer a las mismas autoras feministas clásicas que conoce cualquier joven iniciada. Sin embargo, tal y como planteaba Octavio Salazar en su libro, El hombre que no deberíamos ser: ¿los hombres están cambiando, de verdad, o solo están yendo a remolque de una realidad transformada por las mujeres?

¿Acaso existe una Simone de Beauvoir masculina o son los hombres conscientes de que “hombre no se nace, sino que se llega a ser”? Se podría decir que a pesar de que se sigan cometiendo violaciones, abusos de poder, agresiones sexuales, maltratos, e infinidad de tareas sean aun desempañadas exclusivamente por las mujeres, no se puede negar que una parte de la población masculina mundial ha ido comprendiendo cuál es ese hombre que no deben ser.

Si preguntásemos a cualquier hombre de nuestro entorno seguramente nos diría que es una tontería lo de no llorar en público (aunque él no lo haga), o que es una estupidez que te moleste que tu pareja traiga más dinero a casa (aunque se haya sentido incómodo en situaciones similares), o que es una vulgaridad decirle nada a ninguna desconocida (aunque haga los mismos comentarios cuando ve la televisión), y seguramente responda que no es que le de cosa hablar de sus sentimientos sino que no lo necesita (aunque probablemente lo que le falte es el lenguaje necesario para verbalizarlos).

Si eres mujer, es posible que reconozcas alguna de estas actitudes en hombres de tu entorno y si eres hombre, es posible que te sientas identificado con alguna o las hayas visto en familiares y compañeros. Por supuesto, no todos los hombres son iguales, como mucha gente suele decir, puede que de esta lista de características solo tengan lugar unas pocas o sean otras. Pero no cabe duda, que igual que podemos pensar y enumerar las actitudes de las que las mujeres deben deshacerse, todas y todos reconocemos esta lista de los hombres.

Ahora bien, más allá de piezas cómicas, como el video anterior, en el que muchas chicas verán reflejados a amigos jóvenes suyos, si el primer paso sería ser consciente de ese hombre que no hay que ser, cuál es el que sí habría que ser. Lo más cómodo sería pensar que es tan sencillo como hacer lo contrario, pero no es tan fácil. Parece que la posible masculinidad alternativa no se ha ido construyendo desde los propios hombres, sino que, en primer lugar, está guiada por las reivindicaciones del movimiento feminista. Y, en segundo lugar, al saber que la masculinidad se ha construido históricamente en negativo con respecto a lo femenino, es decir, “un hombre es no ser mujer”, cuando se ha querido plantear prototipos distintos, se desemboca en que, para no ser ese hombre tradicional, la solución es ser femenino.

De esta forma se ha fabricado una variante masculina basada en hombres que se implican en la educación de sus hijos, realizan tareas domésticas, pueden vestir ropa de color rosa, llorar, decir sin pudor que otro hombre les parece atractivo, expresar sus sentimientos, etc. Pero, aunque todos estos rasgos sean beneficiosos, son a veces demasiado superficiales como para configurar un referente masculino en el que las generaciones presentes y futuras puedan educarse. Incluso son ideas erróneas. ya que detrás de la frase “no pasa nada por ser débil, llorar y hablar de lo que sientes” se sigue creyendo que todas esas cosas son propias de mujeres, la cuales son débiles. Entonces, dónde se encuentra esa masculinidad diferente.

El agobio por el dinero

El prototipo de hombre hegemónico se ha construido sobre diversos pilares. En primer lugar, el rol de protector y proveedor del hogar. Lo que deriva en una fuerte asociación entre “ser hombre” y el éxito profesional y la obtención de dinero. El sociólogo Michael Kimmel en publicaciones, como Angry White Men, analiza las graves consecuencias que la crisis económica tenía sobre la población masculina. Observó que la pérdida de beneficios económicos o de puestos de trabajo deriva en depresiones y suicidios en un porcentaje muy superior al de las mujeres, aun estando ambos en las mismas condiciones.

Fuente: Ilustradora Eva Lobatón

De tal forma, que mientras que siempre se ha considerado esta asociación beneficiosa para los hombres, al impulsarles a conseguir altos puestos directivos y crear negocios propios, es una presión que sobre ellos se establece desde pequeños y configura gran parte de su personalidad y aspiraciones. Las altas tasas de abandono estudiantil en jóvenes es también una consecuencia.

Con respecto a esto, el objetivo sería partir de una educación basada en la resiliencia. Este término comenzó a usarse en el ámbito de la psicología a partir de los años 90 para nombrar la capacidad de adaptarse y superar situaciones adversas o traumáticas. Para ello el fracaso debe ser parte del lenguaje masculino y enseñar que no tiene por qué destruir las expectativas de futuro. Al igual que las profesiones, a las que pueden querer dedicarse, no tienen por qué ser las que mejores sueldos garanticen o status social supongan. Carreras artísticas, aquellas asociadas a las mujeres o con alto riesgo económico deben poder configurarse en su imaginario.

La eterna palmada en la espalda

En segundo lugar, ser hombre ha implicado desde épocas pasadas vivir y socializar con gran cantidad de limitaciones emocionales. Por un lado, habilidades, como la empatía o la inteligencia emocional se asocian a las mujeres, lo que termina creando una significación negativa de riesgo o debilidad por el simple hecho de hablar sobre cómo uno se siente. Y, por otro lado, algo que marca significativamente lo que supone crecer siendo hombre es la falta de contacto físico.

Desde que son pequeños, a los niños, a diferencia de las niñas, se les va reduciendo progresivamente el contacto físico que reciben por parte de sus parientes más cercanos. Es frecuente que, a partir de los cinco o seis años, fruto de lo que observan en su entorno, los niños empiecen a renegar de los besos de sus madres u otras muestras de afecto, lo que se va acrecentando durante la adolescencia y la etapa adulta. El contacto físico determina el conocimiento que del cuerpo se tenga y la forma en la que se socialice.

Niobe Way, profesora de psicología de la Universidad de Nueva York, en su libro Deep Secrets: Boy’s friendships and the crisis of connection, habla de cómo la pérdida de contacto físico y de un lenguaje que les permita verbalizar sus emociones conlleva la creación de amistades mucho más superficiales, en comparación con las mujeres. Ser hombre pasa a significar carecer de pilares emocionales sobre los que poder apoyarse.

Thomas Page Mcbee, periodista y boxeador, autor del libro Un hombre de verdad, cuenta su experiencia al someterse al tratamiento con testosterona para cambiar la apariencia femenina con la que había nacido, a un cuerpo más acorde con el hombre que él se sentía.

Fuente: The Observer Magazine

El mundo trataba mi cuerpo como radioactivo. No alcanzaba a entender por qué algunos miembros de mi familia no me abrazaron tras la muerte de mi madre o por qué despedirme con un abrazo de una amiga, aunque la conociera desde hacía tiempo, se había vuelto violento e incómodo. Por qué los abrazos y el roce afectuoso se habían convertido en palmas en la espalda. Este nuevo código me era un misterio, no entendía la relación entre el género y la carencia de roce. Pensaba que era una necesidad básica de todo ser humano.

La testosterona supuestamente incontrolable

Por último, cabe destacar la fuerte vinculación entre masculinidad y violencia. Peleas entre niños pequeños frente a los halagos de sus padres, lograr atemorizar a un compañero en el instituto, saber dar un buen puñetazo… son todo ejemplos de momentos en los que esa violencia se relaciona con la valentía, la fuerza y el éxito como persona de un hombre que no está siendo débil. Esto es fruto de la gran cantidad de situaciones en las que se premia esa violencia. El genetista Barry Starr y el neurocientífico Robert Sapolsky, ambos de la universidad de Stanford coinciden en que considerar la violencia como algo innato a la biología masculina es completamente reduccionista. Ambos explican que:

…una mayor cantidad de testosterona no provoca que las neuronas encargadas de dar lugar a las reacciones más agresivas funcionen radicalmente, sino que las hace más sensibles a determinados estímulos. Se pone demasiado énfasis en la biología y apenas se presta atención a la educación, pues el que, por ejemplo, un insulto se traduzca en un estímulo o no que derive en agresividad depende de aquellas enseñanzas con las que crezcas.

En resumidas cuentas, esa alternativa masculina a la que aspirar, no pasa por únicamente transformar aquellas partes del sistema patriarcal que el movimiento feminista reivindique. No habrá “deconstrucción” que valga si no se comienza por romper esos esquemas. Deshacer las vinculaciones entre ser hombre con el éxito profesional y la violencia y añadir una educación que dote de un nuevo vocabulario a los niños sobre sentimientos, sexo y cariño, son algunos de los primeros pasos. Así será posible lograr que crezcan hombres con inteligencia emocional para entenderse a sí mismos y a sus compañeras.

Fuente: Ilustradora Lucía Borjas

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