Salud

Emociones y sentimientos, diferenciarlos es clave para gestionarlos

Seguramente, más de una vez has llorado viendo una película, reído a carcajadas, dado un salto al asustarte con algo o golpeado un objeto con rabia al no conseguir hacer lo que querías. Todas son reacciones tan habituales que nunca nos paramos a pensar en por qué se producen. Sin embargo, si imaginamos situaciones como llorar durante horas sin parar al haber recibido una mala noticia, reírse en la circunstancia menos adecuada, romper cosas con violencia ante un enfado o no saber qué nos sucede, es posible que deseemos entender por qué sentimos esas emociones y actuamos así. Pues bien, la clave para saber cómo gestionar estos momentos se encuentra en la llamada inteligencia emocional, que es de lo que hablaremos hoy. En concreto, de la importancia de poner este tipo de inteligencia en práctica desde la infancia, para lo que, además, os vamos a recomendar un ingenioso libro.

La inteligencia emocional se podría definir como la capacidad para reconocer emociones, sean propias o ajenas, identificar sentimientos y hacer uso de esta información para decidir cómo actuar, en qué medida regular esas emociones y cómo verbalizar lo que sintamos para adaptarnos a nuestro entorno y a la situación en la que nos encontremos.

Las personas somos capaces de realizar estos procesos debido a la evolución de nuestro cerebro. En la mayoría de los animales, predomina el denominado sistema límbico, el cual se compone de aquellas partes del cerebro encargadas de provocar que nuestro cuerpo reaccione a determinados estímulos, como, por ejemplo, prestar atención a algo que hemos oído, visto u olido, los instintos sexuales o las emociones. A diferencia del cerebro de primates y, especialmente, del de los seres humanos en el que encontramos el denominado neocórtex, que son aquellas partes del cerebro más evolucionadas y que pueden llevar a cabo funciones superiores. Por ejemplo: pensar de forma consciente, la concentración, el escoger los comportamientos más adecuados a cada circunstancia, el lenguaje humano o el regular emociones y razonarlas en sentimientos.

Ilustración partes del cerebro humano | Fuente: Elaboración propia

En resumidas cuentas, para el tema que nos ocupa, el sistema límbico es el que da lugar a las emociones y el neocórtex a los sentimientos. Pues a pesar de que puedan parecer sinónimos, se tratan de cosas completamente distintas.

Por un lado, las emociones son respuestas neuronales, hormonales y físicas, es decir, un conjunto de alteraciones que se dan en nuestro cuerpo de forma interna o externa ante un estímulo. Se tratan, además, de reacciones instintivas, involuntarias e inmediatas, es decir, no son fruto de ninguna reflexión. Antes de que analicemos la situación nuestro cuerpo ya ha reaccionado. Y son intensas, pasajeras y limitadas, es decir, duran poco tiempo y nuestro cuerpo solo provoca unas pocas, que, generalmente se clasifican como: alegría, tristeza, asco, ira, miedo y sorpresa. (¡Os acordáis de la película Inside Out, pues no iba desencaminada!)

Poster de la película Inside Out (Al revés, en español) de Disney-Pixar

Mientras que, por otro lado, los sentimientos serían las emociones pensadas, razonadas. Son sensaciones, estados de ánimo, experiencias subjetivas fruto de la toma de conciencia de las emociones. Son por lo tanto reflexiones voluntarias que tardan más tiempo en aparecer que las emociones, y a diferencia de estas, no solo pueden durar desde horas (por ejemplo, sentirse frustrado) hasta años (por ejemplo, cuando amamos a alguien), sino que pueden ser infinitas, tantas como personas existen y sienten.

Ilustración rueda de emociones y sentimientos | Fuente: Adrián Silisque

La clave de aprender a diferenciar ambas experiencias es aprender que no debemos sentirnos culpables por las emociones que nos sobrevengan, sea que a nuestro cuerpo le de por llorar, reír, generar adrenalina, alterarnos, paralizarnos o gritar. Pues, como decíamos antes, estas son completamente involuntarias. Lo que sí está en nuestra mano es aprender a manejar qué sentimientos resultan de esas emociones, cómo gestionarlos y cómo actuar para variar su intensidad y duración.

Por ejemplo, ante una situación que nos cause miedo como escuchar un ruido en nuestra casa en la noche, podemos dejarnos llevar por la ansiedad, o analizar la situación y pedir ayuda, investigar de dónde procede el ruido, etc. Ante el miedo a salir a hablar en público podemos pensar en que nos van a humillar o a avergonzar, o hacerlo lo mejor que podamos y sentirnos orgullosos de nuestro esfuerzo. Si estamos intentando llevar a cabo una tarea y no lo conseguimos, podemos dejar que la ira nos lleve a la frustración y volcar una mesa, tirarlo todo y abandonar esa tarea o intentar buscar otro enfoque, pedir ayuda y puede que al final lo consigamos.

A pesar de lo que parezca, las emociones nunca son buenas o malas, pues incluso el miedo activa mecanismos que nos protegen de situaciones peligrosas; al igual que la ira que nos da la fuerza para protegernos, reaccionar ante amenazadas, marcar nuestros límites y hacernos valer cuando alguien nos subestima, censura o nos impide alcanzar nuestros objetivos. Lo que sí pueden ser dañinos son aquellos sentimientos que nos abrumen, nos llenen de malestar con nosotros mismos o nuestro entorno, nos impidan disfrutar de la vida y hacer lo que queremos.

Por supuesto, no siempre vamos a ser capaces de razonar esos sentimientos y actuar de la forma más sana, sea por la presión a la que nos somete una situación, porque el entorno nos lo impida, porque nuestro cuerpo sufra trastornos como la ansiedad o la depresión o porque nos falten herramientas emocionales. De modo que tampoco debemos sentirnos culpables por no gestionar nuestros sentimientos siempre, son procesos que requieren práctica, madurez, ayuda a veces, compresión y paciencia.

No hay edad para aprender a gestionar nuestros sentimientos y ejercitar nuestra inteligencia emocional, mejor tarde que nunca. Aunque cuanto más se aprenda en la infancia, más fácil será poner en práctica estas herramientas en la adultez. Por ello, hoy os venimos a recomendar EL EMOCIONARIO.

Portada del libro El emocionario | Fuente: muestra en Palabras Aladas

El emocionario se trata, como su nombre permite intuir, en un diccionario de emociones y sentimientos. En el se recopilan y explican de forma muy sencilla 42 estados de ánimo, desde la ternura o el remordimiento, pasando por la decepción y el amor, hasta llegar al orgullo o la gratitud.

Este libro, publicado por la editorial Palabras Aladas, está pensado para llegar a todas las edades. Bien para que madres y padres se lo lean a sus peques, para que niñas y niños más mayores lo lean por sí solos o incluso para que profesoras y profesores lo usen en las aulas de secundaria y bachiller.

Índice del libro El emocionario | Fuente: muestra en Palabras Aladas

La editorial pone a disposición de cualquier persona fichas de actividades que sirvan de complemento al libro. Las que se dirigen a las edades más tempranas buscan que en casa o en el cole se puedan hacer ejercicios entretenidos que ayuden a asimilar la emoción o sentimiento de la que se haya aprendido ese día, mientras que las fichas de ejercicios para adolescentes y jóvenes invitan a realizar reflexiones más profundas y complejas.

A lo largo del recorrido emocional que plantea, podemos encontrar siempre un breve texto explicativo y una imagen ilustrativa. De hecho, a parte de las fichas de actividades, otro de los materiales que la editorial ha creado son guías para explorar las imágenes. Es decir, una serie de preguntas para ir un poco más allá de la sencilla explicación que el libro proporciona y que quienes lo lean usen sus propias palabras o tenga lugar una conversación con otras personas. Todo, mecanismos para que, en la intimidad, en compañía de la familia o en clase, se pueda interiorizar de la mejor forma posible lo que este libro plantea.

El emocionario y otros libros similares pueden ser herramientas muy útiles para empezar a desarrollar la inteligencia emocional de cualquier peque que tengamos a nuestro alrededor y aprender también a su lado. Todo autodescubrimiento que hagamos, nos será útil para poder hacer frente a los retos y problemas que la vida siempre nos presenta y cuanto antes aprendamos, menos daño recibirá nuestra salud mental y emocional. En definitiva, como, bien expresó María Montessori, creadora del método de educación Montessori:

“Para construir el futuro es necesario vigilar el presente”

El proyecto también cuenta con un musical, una actividad entretenida a la par que educativa. Ver fechas de 2020

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